Bogotá quiere revolcarse de nuevo en el fango. La capital de Colombia quiere regresar a sus años de desastre administrativo, a las épocas de Lucho, el alcalde borrachín, populachero y de verbo divertido, ese que empezó con la política del descarado incremento en la nómina del distrito; o a la era del Carrusel de la contratación de Samuel Moreno y su pandilla, hoy detenidos por la vergonzosa colección de delitos que deben pagar como consecuencia de la avalancha de robos que ejecutaron de forma criminal; o peor aún, está con ganas de revivir esa alcaldía “basura” de Petro, llena de balcón populista y cero administración, con ese tufillo guerrillero y resentido, que se hace más empalagoso gracias a la conexión directa que siempre ha tenido y tendrá con el autoritarismo marxista, ideología que no merece ningún espacio en una democracia seria.

Así están las cosas, porque la señora López, tan camaleónica como iracunda, va punteando en las encuesta, sin haber administrado todavía una tienda. En esta urbe con cara de ubre, la gente es muy incoherente. Se queja de todo y por todo, tiene la mala costumbre de opinar sin conocimiento de causa. Se queja con dolor aunque no le duele la ciudad. Y no le duele porque no la siente como propia. La ve como una ciudad dormitorio. Como un banco, nada más.

Eso de la Bogotá de las oportunidades es buena publicidad: llevar en el corazón un lugar es otro cuento. De eso saben los paisas. En Medellín se siente el amor por la tierra. Acá, ese sentimiento no existe. Bogotá es el mejor negocio de la provincia colombiana, es un hotel donde la gente viene a hacer dinero, pero sin dejar de pensar en su ciudad natal. De hecho, los bogotanos somos minoría en nuestra propia casa.

Claudia López es una buena académica de izquierda, nada más. Y es doctora, con mérito. A todo señor, todo honor, dice el refrán.

Igual que en el 2011, cuando Petro ganó, gracias a la torpeza de Parodi, Galán y Luna, incapaces de unirse a Peñalosa, de nuevo el mismo Carlos Fernando Galán, por su odio visceral al Centro Democrático y a Álvaro Uribe Vélez, y a pesar que las encuestas terminen ubicándolo debajo de Miguel Uribe Turbay, no se unirá al hijo de la inmolada Diana Turbay, joven político bogotano que de lejos es quien tiene más experiencia y conocimiento de la ciudad dentro del abanico de aspirantes de este año.

Otra alcaldía de la izquierda “progre”, esa que llenará de vicio a la ciudad y que pasará por encima del sentido común y de los impuestos de miles de ciudadanos es lo que nos espera.

Viendo el panorama tan oscuro en lo que se refiere a la Alcaldía, gracias a Dios y al amor, este año he tenido la oportunidad de conocer de cerca el funcionamiento del Concejo de Bogotá.

Es una mina de oro. Incluso, tiene más poder económico que el propio Congreso de la República. De eso nadie se atreve a hablar. Triste el nivel académico de nuestros concejales, triste su gestión en muchos casos. Es el vivo reflejo del desinterés de los ciudadanos de la capital de Colombia por la ciudad que los ha acogido. La mayoría de concejales no tiene sus raíces en esta ciudad. Son foráneos que no conocen la historia de Bogotá, ni les importa.

Como ciudadanos, si no se abre desde ya un camino de diálogo cívico, preparémonos para una batalla legal desde el día cero contra la mayor impulsora de los caprichos, no derechos, de la comunidad LGBTI, insigne abanderada de Soros y el Foro de Sao Paulo en la defensa de la ideología de género y creativa “reguladora” de la marihuana en los parques.

Con todo respeto: En vista que este desastre puede darse, y teniendo presente que el voto en blanco va de segundo en las encuestas y la alcaldía puede quedar en manos de una persona inepta administrativamente hablando, elijamos un Concejo que le haga contrapeso, que la confronte y la derrote. Elijamos concejales bien preparados, que representen valores espirituales sólidos, gremios vitales para la ciudad y fuerzas cívicas poderosas.

#BogotáAUnPasoDelOlvido

@tamayocollins

Publicado: agosto 7 de 2019