Encuentro absolutamente respetable e incluso plausible la causa del Black Lives Matter. Lo que no me queda claro en esta ocasión es por qué, sin evidencia aún de los móviles del crimen, la humanidad da por sentado que el atroz asesinato de George Floyd se acometió en función de su color de piel. Lo mataron por negro, punto, como si en términos forenses lo único relevante de su naturaleza humana fuera su raza. No era un ser humano, no era un hombre, no era un padre de familia, un hijo o un hermano: era un negro y lo mataron como tal, porque cuando a un negro lo matan, lo matan por negro. Qué vulgar ejercicio de deshumanización. No sé usted, pero yo quisiera que después de muerto la gente que me conoció me recordara por lo que fui e hice como persona y no por como me vi, menos si ‘como me vi’ se reduce al color de mi piel.

Pero bueno, juguemos a las especulaciones. Si la hipótesis precipitada de que a Floyd lo asesinaron por negro se deriva del mito urbano de que la policía de Estados Unidos es estructuralmente racista, resulta muy oportuno aclarar que, a lo largo y ancho del país, el pie de fuerza policial está compuesto por un altísimo porcentaje de afroamericanos, latinos y asiáticos. No me lo han contado, no lo he leído, vivo en Estados Unidos desde hace doce años y lo veo con mis propios ojos todos los días. El jefe de la policía de Houston, la ciudad que ha visto crecer a mis hijos y que también vio crecer a George Floyd, es un inmigrante mexicano. Arturo Acevedo, se llama, y no es propiamente lo que definiríamos como un supremacista blanco. Me queda muy difícil vislumbrar cómo podría implantarse una agenda racista, aún de manera soterrada, al interior de una estructura humana tan racial y étnicamente diversa. Desde luego, no descarto que haya uno que otro nostálgico furtivo del KKK agazapado tras la placa y el uniforme, pero es falaz, mentiroso e histérico afirmar que el cuerpo policial en su conjunto sea racista, más si se tiene en cuenta que por cada afroamericano que muere a manos de oficiales mueren dos blancos en iguales circunstancias. A Tony Timpa, un hombre blanco de 32 años, cuatro policías de Dallas lo asfixiaron en condiciones similares a las de Floyd en 2016. También hubo video, también suplicó por su vida y también se murió ahogado contra el piso. No hubo protestas, ni disturbios, ni cuadritos negros en Instagram con hashtags emotivos. White lives don’t matter.

Ahora bien, si la especulación de que tras el asesinato de George Floyd hubo motivaciones racistas se deriva del hecho de que su victimario es un hombre blanco, lo honesto y consecuente sería replicar la misma motivación cada vez que ocurre lo contrario y es un afroamericano quien asesina a un blanco, una instancia a la que se llega con el doble de la frecuencia. Por cada negro que es asesinado por un blanco, dos blancos son asesinados por un negro. Esa es una realidad incómoda de la que poco se habla en Estados Unidos. Si acaso es verdad que hay una guerra racial en curso, los números indican que esa guerra la está perdiendo estrepitosamente el hombre blanco, así no se note porque tras cada muerte nadie desfila con carteles, nadie protesta, nadie alza sus puños al cielo con el corazón consumido por la furia y el dolor. Al negro lo matan por negro, al blanco lo matan porque sí. White lives don’t matter

No, no pretendo negar que muchísimos afroamericanos son asesinados en Estados Unidos. Las muertes violentas se cuentan por centenares a la semana. Estamos, sin duda alguna, ante una tragedia. Lo más perturbador es que el 90% de esas muertes no se menciona ni moja titulares de prensa por una sencilla razón: se produce entre afroamericanos. Los activistas del Black Lives Matter no figuran cuando un negro mata a otro negro porque pareciera que sus vidas sólo importan cuando es un blanco el que las trunca y el ingrediente racial garantiza suficientes réditos políticos. Las cifras, sin embargo, desde la penumbra a la que la prensa nunca mira nos gritan que la principal amenaza del afroamericano no es el hombre blanco sino el mismo afroamericano, pero esa es una enorme vena abierta que nadie parece urgido en coser porque por ella sólo fluye la sangre de viudas y huérfanos olvidados hasta por Dios. Black lives matter, pero sólo cuando conviene.

Mientras la evidencia no demuestre lo contrario, por prudencia y respeto hacia él, hacia su vilipendiada condición humana y hacia el rigor procesal, seguiré pensando que a George Floyd lo mató la misma brutalidad policial y abuso de poder que mató a Tony Timpa, y que no murió por negro sino por pobre y por ignorado. Finalmente, a Timpa y a Floyd los une un elemento común tan contundente que hace irrelevante su diferencia cromática: una relación tormentosa con las drogas. Nadie repara en qué pudo haber hundido en la adicción y condenado a un destino casi idéntico a dos individuos tan disímiles en lo aparente, porque el sesgo racial se encargó de cubrir causales subyacentes como pueden serlo la desigualdad ancestral o la indiferencia de una sociedad frívola que se ufana de promover activismos insulsos surgidos desde la condescendencia y la conmiseración para con quienes ya no están, como si ello sirviera para algo diferente a perpetuar patrones de juicio anacrónicos. Una sociedad excluyente que discrimina y estereotipa hasta en sus expresiones de solidaridad. Reemplazar la lástima por el respeto y el colectivismo étnico por la exaltación del individuo, eso es lo que necesitan los millones de segregados de Estados Unidos, país que a pesar de sus enormes injusticias sigue pareciendo el paraíso del afrodescendiente si se le compara con el resto del continente. Si en una próxima vida tuviera la fortuna de ser negro, preferiría mil veces serlo en Estados Unidos que en Colombia. Aquí, al menos, los negros tienen la posibilidad de hacerse sentir y hasta de gobernar el país.

Daniel Arango @jeskaze

Publicado: junio 4 de 2020