“¿Qué hace un beso “tiernofílico” en las calles de Bogotá, buscando mejillas, labios purpurinos y lenguas de fuego para estampar su impronta? ¿ A qué velocidad le será permitida  su generosa entrega por las Secretarías de Movilidad y Salud distritales? Ese beso loco fue recogido por una ONG  que está almacenando toda clase de cosiánfiras, fulanas, suspiros inconsútiles, lápidas mormónicas, canciones chibchofílicas, bastones de madera caucasiana, ropa interior esterilizada, cambuches etílicos, cosquillas encapsuladas en forma de corroscos sublinguales,  bolsos sanforizados y cualquiera cosa que represente ciudad del Metro Fantasma que aún nos habita. Entre los fósiles encontrados se haya el beso “petroficado” de dos damas prestantes de la sociedad  capitalina que causó asombro y estragos”. Hasta aquí la crónica de un periódico local digitalizado años, muchos años después del “insuceso”.

Para el caso en  comento, la situación se encuentra así: el beso y el matrimonio entre personas de un mismo sexo es legal, por consiguiente no es delito, aunque para  millones de 0creyentes sea un acto pecaminoso o simplemente  escandaloso. Pero ese beso es fruto de una lucha política de muchos años librada por homosexuales y lesbianas para obtener el reconocimiento de su conducta natural, reconocimiento legal y constitucional logrado por voto y apoyo de los hombres y mujeres heterosexuales, sin ellos no se hubiera obtenido tal incorporación a las normas de Igualdad entre los sexos, los derechos civiles y el derecho a la intimidad.

El hecho de un beso lesbiano en público puede ser alimentado por la pedagogía de la  tolerancia o por la intención de reafirmar la constante aparición de personajes el creciente desarrollo de las normas y hasta enlazar con otras letras del abecedario, más allá de LGBTI hasta la Y y la Z.

En la constitución colombiana el derecho a la intimidad, muy socorrido en relación con los consumidores de las drogas ilícitas, particularmente la mariguana y la cocaína. Como todo derecho este también tiene sus correspondientes límites. El derecho a la intimidad se basa en los actos que realiza una persona en su privacidad. Esa intimidad se pierde cuando las personas, voluntariamente, hacen públicos sus conductas. El derecho a la intimidad pierde su misterioso encanto cuando un periodista, por ejemplo da a conocer en un medio abierto, las actuaciones, dentro del hogar, sean o no importantes en el escenario social.

En otras palabras el derecho a la intimidad es mutante de acuerdo  a sus especificaciones. Una información sobre la vida sexual de un personaje puede servir de ejemplo a seguir si es decorosa. Y es ofensiva a muchísimos conciudadanos que respetan el derecho a la intimidad. Sin embargo un hecho público que se esconde políticamente detrás de esa privacidad puesta al desnudo, puede causar y de hecho causa un impacto negativo en la opinión pública ese impacto hiere los sentimientos pero no a la inteligencia, porque se supone que la inteligencia acepta la liberalidad. Así que un hecho que no es punible resulta atentando contra la vida de millones de ciudadanos, que está compuesta por sus creencias, sus gustos, su tranquilidad y el derecho a la vida porque la vida no es solo un catálogo de libertades, si no un conjunto de valores que se forman a través del tiempo y de la cultura, que es lo que llaman la “espiritualidad”.

Porque resulta, señoras y señoras, señoritas y señoritos, que la naturaleza no solo repartió el sexo a todos los géneros que en  el mundo han sido, sino que colocó en el centro coronario de la especie, una maceta de sentimientos que no es posible  extirpar con fumigaciones políticas. El debate continúa.  A esta hora de la de la democracia y del estado de derecho, las políglotas de los besos dinámicos del abecedario, lanza en ristre con la consigna de la liberación femenina bajo la tesis de que los ciudadanos deben alcanzar el registro civil no por

La edad, sino por el sexo. En la OEA se abrió,  el debate con esta nueva “transversalidad” que clasifica 26 sexos. Quizás nuevas formas de hacer el amor. Pero si avanza esta impropiedad, encontraremos serios  obstáculos para el hombre en la tierra. No es un problema religioso, de creencias celestiales. Es real como lo observamos en las elecciones últimas colombianas. Parte de la lucha política en democracia es que los heterosexuales sean tan “combatientes”  como los intersexuales. Esas mayorías si son mayorías, que cantan el Bolero de Consuelo Velásquez “Bésame Mucho”

Jaime Jaramillo Panesso

Publicado: diciembre 20 de 2019