La conocí en 1992, y me conquistó como sólo ella sabe hacerlo. Porque es tradición que nunca muere, folklore que vive joven, alegría inagotable, espíritu de fiesta que no se detiene. “La arenosa”, esa ciudad que tiene el alma abierta a la vida, se metió en mi corazón para siempre, con la sencillez de lo profundamente humano: ese milagro que consiste en no abandonar las raíces; antes bien, ennoblecerlas con afecto, respeto y gratitud.

El sentimiento brota con fuerza, y cada rincón de la ciudad es punto de encuentro con la memoria de un pueblo divertido, que se goza con el alma la existencia, mientras comparte su sonrisa, la misma que conecta a la gente con el pasado sin temor a envejecer.

Barranquilla es tierra cosmopolita como pocas en Colombia: hijos del caribe colombiano son recibidos por esta gran ciudad con los brazos abiertos; libaneses, italianos, judíos, alemanes, estadounidenses, españoles, y hasta cachacos, terminan de conformar un grupo humano que brilla por su autenticidad.

Sabores, aromas, canciones, bailes, tertulias inolvidables, palabras colmadas de sentido son los regalos que he recibido de esa “curramba” que amo. La capital del Atlántico es ejemplo de crecimiento y desarrollo, pues es una metrópoli que dejó atrás un pasado que la tenía frenada en el anquilosamiento de la corrupción más voraz, para dar paso al nacimiento de un puerto moderno, abierto al mundo, que hoy cuenta con una infraestructura competitiva, que ofrece oportunidades para pensar en un futuro amable, con oportunidades para todos.

Por estas fechas de frenesí colectivo, es hermoso ver en las calles a la gente bailando, celebrando en grande la dicha de vivir, compartiendo en paz, haciendo que su carnaval cumpla un nuevo calendario, para llenar de buena vibra a propios y extraños, quienes se suman a una historia que va más allá de las diferencias, reconociendo que existe una manera de ser que da la bienvenida a todos.

Gracias, Barranquilla, por tu generosidad, por el calor de tu suelo, que se proyecta a través de la calidad humana de tu gente, siempre despreocupada, dicharachera, positiva y cordial.

La urbe que vio nacer a su mayor patrimonio cultural en el “barrio abajo” se ha vestido de esperanza, música y carcajada, para dar testimonio, nuevamente, de lo que significa ser fiel a las raíces y permitir que las nuevas generaciones se unan a sus padres y abuelos en el reconocimiento de unos valores que la hacen única.

En medio de tantas y tan malas noticias, hacemos esta breve pausa, para saludar a nuestros amigos barranquilleros, y para agradecerles tanto cariño y generosidad.

Que Joselito sea enterrado con todos los honores, para vivir una cuaresma que nos permita reflexionar y empezar a ofrecer nuevas lecturas, más cercanas a la realidad de las personas; lecturas que tengan en cuenta sus necesidades y ofrezcan soluciones a sus problemas.

Arranquemos por lo cotidiano. Dejemos de atravesarnos con miradas afiladas, evitemos las palabras hirientes, empecemos a construir una Colombia que se aleje de las mentiras que siempre soporta el papel, y permitamos que en medio de la tormenta que hoy padecen tantas familias, causada en gran medida por la irresponsabilidad de un gobierno que se gastó el dinero de todos, para detentar un poder del cual no es digno, sean la solidaridad y el sentido común los que terminen imponiéndose.

Con todo respeto: La Virgen María, quien tiene la costumbre de hacerse presente en diferentes lugares del mundo, anunció al finalizar el 2015, que venían días de tribulación para el planeta. Sólo basta ver los titulares de la prensa mundial y la dirección que están tomando algunos acontecimientos geopolíticos, para comprender que lo anunciado por tan particular vocera, es una realidad. Sumar y multiplicar debe ser la consigna. Con una actitud constructiva, podremos hacer más llevaderos los actuales momentos.

“¡Quien lo vive es quien lo goza!” (Grito del Carnaval de Barranquilla).

@tamayocollins

Publicado: marzo 1 de 2017