Además del realismo mágico que plasmó Gabo en todos sus libros tiene el Caribe la facilidad de describir con apodos o apelativos las características o particularidades de las personas, alargando o no, los rasgos que biológicamente las identifican o resaltan su comportamiento. De Médico Rural recuerdo unas nativas de Cereté Córdoba, pueblo este donde el Caño Bugre se rinde cansado del Sinú, quienes al ver pasar un transeúnte radiografiaban su andar e inmediatamente soltaban unas peculiaridades y ahí quedaba para siempre su remoquete.

Los barrios en Montería que nacieron improvisados y luego las autoridades formalizaron, fueron bautizados por sus características geográficas, ausencia de servicios públicos y las circunstancias en que se producía la invasión. Nombres pintorescos e ingeniosos más que vulgares o prosaicos. Carencia de letrinas y solares compartidos motivaron uno. Límites territoriales y  esfuerzos abdominales que hacían los habitantes para franquear  las zanjas de los riachuelos, inspiraron otro. Los apodos expresaban sus deficiencias en elementales necesidades y la topografía cómplice bautizaba el desenlace. Y aunque ya reglamentados, llevaban el nombre del senador oportunista quien se atribuía la patria potestad. Sin embargo, el remoquete popular nunca se abandonó, ni el catastro pudo cambiarlo.

Cartagena patrimonial llena de tradiciones, abolengos y apellidos con linajes pero sin dinero no escapó a estos apelativos. Una de mis familiares, con chispa caribe y cercana a mis afectos, llamó mi atención sobre un calificativo de movilidad que desconocía: “los de ayer de tarde”, producto de la afanosa transición social. Fueron reemplazados los apellidos de siempre y en su lugar se escribieron otros de “segunda o emergente clase”, de reciente aparición y usanza.

Se caracterizaba el perfil de este advenedizo y recién llegado por querer sobresalir y mostrarse, no solo en una sola línea, sino en todas las actividades de las festividades como protagonista: “el chacho de la película.”, “el muerto del velorio”. Pasaba raspando el veredicto de la bola negra y cuando entraba se mostraba como emperifollado “clubman”. Era el primero que saltaba a la pista de baile y el último en sentarse. Cuando se acababa el contrato con la orquesta no tenía inconveniente en brindar una hora más, siempre y cuando, anunciaran públicamente que los costos dependían de su “generosa espontaneidad”. Tutti-frutti de nombres: José Bardina, el galán de las telenovelas venezolanas  irresistible a jóvenes y viejas o Roberto Ruiz el que todo lo pagaba incluyendo la canción del juglar Pablo Flórez.

El “ayertardismo” enciclopédico es más complicado. No escucha, pontifica. Sus argumentos, previamente calculados, son más cátedras aprendidas que raciocinios elaborados. No pueden  quedarse analizando una disertación o reflexión; tienen la imperiosa necesidad de hacerse notar. Mostrar, mostrar y mostrar. Con puntería biológica Morgado los define así: “no se conforman con releer con orgullo sus libros y publicaciones, necesitan que otros las alaben porque su satisfacción requiere de la voluntad ajena” (Emociones Corrosivas).

Combinación de narciso, soberbia y vanidad. Nunca están satisfechos si no son el centro de atención y como imán pretenden magnetizar para que todas las miradas converjan hacia ellos. Destilan arrogancia y poder, la humildad le resbala. Desatan prevención y tiene una insolencia peligrosamente sin límites. Desde el punto de vista neurobiológico hay unas alteraciones en el lóbulo frontal y su personalidad carece de empatía. Sufren mucho, no comparten y su personalidad de “ayer de tarde” no los ayuda. Terminan solos, nada les satisface.

Múltiples alteraciones estructurales se han descrito en estos individuos; sus conexiones empáticas y sus circuitos están alterados. Hay estudios que demuestran menos sustancia gris en la corteza cerebral combinadas con neuronas en espejo disfuncionales. Además, la amígdala y estructuras límbicas como la ínsula y el cíngulo, están afectados.

Una pequeña dosis de espejo es aconsejable  para la motivación, el orgullo y la autoestima. De doble filo su imagen  cuando lleva a la vanidad y la soberbia. Paciencia, hay que dejar que la vida vaya mostrando los caminos y sus designios. El reloj no puede adelantarse señores de la víspera o “de ayer de tarde” y mucho menos las sonrisas forzadas con los aplausos prefabricados que terminan en la embriaguez emocional de la egolatría.

@Rembertoburgose

Publicado: octubre 11 de 2019