Cuando un padre de familia no corrige a su hijo por los errores cometidos, lo está malcriando. Así de sencillo. Pues eso es lo que está pasando con los colombianos que cometen toda clase de delitos. Si no se les juzga y castiga siguen comportándose mal. Esta circunstancia se convierte en una manera de vivir que ha disparado la delincuencia a niveles aberrantes y antes nunca vistos. La nación se degrada a estadios preocupantes en el tema de seguridad ciudadana.

Nunca hemos tenido un sistema judicial imparcial y mucho menos eficiente, pero los sucesos caracterizados por la creciente impunidad de los últimos seis años han disparado la alarma. Yo diría que a partir de la segunda mitad del primer mandato de Juan Manuel Santos, y del acuerdo de la Habana, con su fuerte componente de impunidad, ha creado la sensación real que el delito paga, y es posible poder perdonarlos por muy graves que hayan sido. E incluso en el caso de  la Farc recibir un galardón, otorgándoles varios escaños como senadores de la republica de Colombia.  Parece una ironía pero pasar de delincuente subversivo a senador de la republica en un santiamén es cosa que estimula el delito.

Es fácil ver que el Estado ha caído en errores durante el procedimiento de juzgar a los colombianos. Solo con ver la desobediencia civil imperante generalizada, el incremento de la corrupción, para saber que la justicia colombiana no lo está haciendo bien, basta reconocerlo con los últimos indicadores por el aumento de la delincuencia común.

Hemos caído en tal desobediencia que no se acepta ni se respeta el veredicto de los jueces, ni siquiera en un simple reinado de belleza, ni siquiera en una decisión arbitral en un simple juego de futbol, porque el inconsciente colectivo sabe que no se sanciona con el rigor de la ley.

El colombiano cuando se queja, recurre a cierto grado de violencia porque esta le da buenos resultados, y tiene la capacidad de intimidar al Estado, y este a su vez de permitir que así se haga. Cuando se manda el mensaje de impunidad se relaja la idea moral de ser reprimido y se pierde el temor de ser castigado. Es hora de ir pensando en implantar la cadena perpetua a ciertos delitos, como la corrupción política y la violación de niños y mujeres.

Hay muchas señales que indican que la nación marcha hacia un Estado fallido porque la delincuencia se ha convertido en un renglón de la economía. Ser delincuente es una forma “casi legal” de obtener un empleo. Sobre todo en un sistema donde lo único que marcha bien es la economía cocalera, la que ha incrementado la corrupción en todos los ámbitos, y a partir de ella se montan las otras “empresas” que se dedican a los atracos callejeros, al robo de celulares, al robo de automóviles y motos, al robo en las residencias, la extorción, el abigeato, al paseo millonario e incluso a nuevas formas creativas de delito.

@rodrigueztorice

Publicado: junio 1 de 2017