“Marica el último”, es un decir jocoso, que se aplica cuando uno no puede quedar por fuera de algo bueno y es menester llegar así sea de penúltimo, pero jamás de último.

Pues muy necias las Farc si no aceptaban desmovilizarse cuando el presidente Juan Manuel Santos (JMS) les concedió todo lo que quisieron, en un acto de irresponsabilidad que colinda con el delito de “traición a la patria”.

Colombia es un país que se acostumbró desde siempre a la violencia. Todo su desarrollo, se ha dado en medio de los conflictos de los partidos políticos y de la implacabilidad de la delincuencia, sin que esto impidiera su crecimiento social y económico. Todo el desarrollo de la economía colombiana se dio inmerso en esta lucha de partidos, y que posteriormente se satanizo con la llegada del narcotráfico.

Santos se inventó el embeleco que el país estaba en guerra. Un país en guerra se paraliza todo; la industria, el comercio, el sector terciario. Un pueblo en guerra no está festejando consuetudinariamente; el Carnaval de Barranquilla, las fiestas de San Pedro en el Huila, las fiestas de independencia y el reinado de belleza en Cartagena, el Carnaval de Negros y Blancos en Pasto, el Festival del Pito Atravesao en Morroa, Sucre, las fiestas del Mar en Santa Marta, el Festival del Río en Guainía, el Festival Vallenato en Valledupar, el Festival del Porro en San Pelayo Córdoba. Es decir los 1.100 municipios están de fiesta todos los años.

Lo que existe es una delincuencia armada, inmersa en el negocio del narcotráfico. Y que ha recibido la protección “diplomática “de Venezuela amparada en el  discurso del Socialismo del siglo 21.

Delincuencia que hay que combatir y aplicarle todo el peso de la ley. Y a los que habrá que destruirles los cultivos de coca, que en los últimos años han crecido en un 200%. Y la supuesta paz alcanzada en el acuerdo de La Habana ha mutado en una nueva forma de violencia fariana, ejercida por  su disidencia, las bandas delincuenciales, el ELN y todo grupo de bandidos dedicado a la  pujante economía  del narcotráfico.

La nación se acostumbró a la violencia y la delincuencia se acostumbró a ejercerla, por la sencilla razón que el poder de la violencia da grandes dividendos, sobre todo en un Estado donde la justicia no funciona.

Yo de niño lo viví y funcionó, aunque mi caso era de defensa personal; estando en la primaria, un joven nos tenía acoquinados hasta la humillación.Y un día no soportando más la situación le di una “paliza” y desde ese día empezó a guardar respeto.

Pablo Escobar intimido tanto al gobierno, que logro evitar la extradición de los narcotraficantes, y solo se entrego cuando leyó en la Constitución del 91 el artículo que la prohibía.

De hecho algunos países desarrollados instauraron la política internacional de “la paz por la fuerza”. De tal modo, que la legitimidad democrática se da por la fuerza militar.Y desde esta perspectiva no es raro que cualquieraque quiera legitimar sus aspiraciones, tenga ante sí la tentación de recurrir a las armas.Y si los gobiernos no se mantienen firmes en sus posturas democráticas y de aplicación de la justicia y la seguridad ciudadana, pueden sucumbir, como es el caso JMS con las Farc.

@rodrigueztorice

Publicado: junio 15 de 2017