Escuchar hace pocas horas los discursos de posesión de los gobernantes electos de Bogotá, Antioquia y Medellín, es una catarata de proyectos, ilusiones y el ejercicio de la democracia en su constante reflorecimiento. Ellos son, con los alcaldes y gobernadores de los Departamentos y Municipios, los elegidos y gobernarán, así lo esperamos, para todos los ciudadanos, sin sectarismo, sin exclusiones partidarias o religiosas, de etnia ni de regiones. A ellos debemos cobijarnos como ciudadanos, lo que no obsta para que sean objeto de críticas y  denuncias razonables.

Los colombianos hemos  sufrido mucho durante décadas por la violencia de distinta índole. Aún tenemos graves problemas de orden público que exigen de los demócratas la unidad dentro de la diversidad para que, junto a las autoridades renovadas, incluyendo al Presidente de la República, salgamos más allá de la orquesta de cacerolas. Una corriente “bondadosa y apaciguadora” empapa a gobernantes y gobernados. Riega, posiblemente de buena fe, la sensación de que aquí no ha pasado nada, que la “polarización” no nos deja salir del atraso relativo y que debemos pasar la página para entrar por la ancha puerta de emprendimiento, la innovación y la resiliencia.

De ahí que ya no aparezcan las víctimas y las reparaciones de los victimarios en los discursos de posesión. Hacer justicia y reparar seguirán siendo los pilares de una paz estable. Dejar al óxido del tiempo que muera la memoria y entierre los malos recuerdos es una perversión de la sicología de masas. Por eso la izquierda ultra se desgarra las chaquetas militares cuando los historiadores críticos y reformistas paran en seco a los “milicianos” que han  tergiversado los hechos. Sin embargo, los discursos en comento traen varios elementos que observamos interesantes: el problema de la unidad nacional. Este tema es tangencial, pero de un peso definitivo, con la convivencia, los propósitos nacionales, la defensa de la integridad del país y a la vez con las aspiraciones regionales de autonomía. Predicar la unidad del pueblo para los logros de crecimiento y de compromisos internacionales, es una consigna y una actitud que nos fortalece la dignidad y la pertenencia. Pero la unidad de las cúpulas partidarias, religiosas, militares, sindicales y gremiales no es “la unidad de la nación”. Esa unidad hay que fraguarla no solo ante el enemigo externo, sino con la tarea de limpiar la casa bajo el aforismo de que el comején solo se come y destruye la madera que no ha sido inmunizada.

Los discursos de Claudia López, Aníbal Gaviria y Daniel Quintero son piezas de un rompecabezas para armar. Tienen tintes desgarradores de rectificación administrativa, pero mantienen la tesis de un estado grande en burocracia y pequeño en servicio pronto y eficaz al ciudadano. El discurso de López es capitalino y econométrico en lo financiero y la hacienda pública bogotana que abre, por primera vez en serio, la integración con los municipios de la sabana y los municipios encantadores y abastecedores de Cundinamarca.

El discurso de Gaviria es un manual para sus secretarios. No aporta nada en el pensamiento regional, pero define metas de cemento y hormigón. Ojalá no resulte colonizando al alcalde de Medellín, quien con  su estilo sencillo y desabrochado, puso la nota más alta al recoger de la historia e idiosincrasia antioqueñas los ejemplos que pueden servirle de apoyo.

Jaime Jaramillo Panesso

Publicado: enero 7 de 2020