Hace unos meses Juan Manuel Santos les dijo a medios internacionales que si la ciudadanía no refrendaba los acuerdos con las Farc, él se vería en una situación tan difícil que probablemente lo llevaría a retirarse de la Presidencia.
El evento que temía se produjo el pasado domingo, pero todo parece indicar que no ha pasado por su mente la idea de ceder su cargo a otro que pueda desempeñarlo mejor que él. Por el contrario, el discurso que pronunció el mismo día, sumado a las reuniones que ha sostenido con los voceros del No y el sorpresivo otorgamiento del Premio Nobel de Paz que acaba de favorecerlo, parecen indicar que su tónica es la misma de Samper cuando la crisis del 8.000: “Aquí estoy y aquí me quedo”.
Al periodo presidencial de Santos le restan todavía 22 meses y cabe preguntarse si el segundo aire que respira le dará fuerza suficiente para resistir el sol que inexorablemente ya cae sobre sus espaldas.
Ese segundo aire le viene, a no dudarlo, de la ilusión de paz que abrigamos los colombianos, tanto los que votaron Sí en el plebiscito como los que votamos NO.

La iniciativa de un gran acuerdo entre ambas facciones a partir del diálogo constructivo sobre lo rescatable y lo desdeñable de lo convenido con las Farc ha entusiasmado, desde luego, a muchos de nuestros compatriotas, que piensan que debemos superar las confrontaciones que nos dividieron antes de la celebración del plebiscito y centrarnos en lo que nos une, que es el anhelo de la paz, esa sí estable y duradera.

Pero, como reza el dicho, para bailar el tango se necesitan dos, y la pareja que realmente se requiere son las Farc. Todos estamos de acuerdo en sacarlas a bailar, pero ellas se muestran reticentes. No son de las que dicen que “al son que me toquen, bailo”, sino de las que pretenden imponer su propio ritmo.

Según sus voceros, la partitura ya está definida y es nada menos que el “Acuerdo Final” que la ciudadanía acaba de rechazar. Si persisten en esta tónica, no habrá esperanza alguna de llegar a la paz, a menos que los dirigentes colombianos se den por vencidos y prohijen lo que el pueblo ya negó.

Hay, además, otras dificultades de no menor entidad. Si bien los voceros del SÍ y el NO se juntaron esta semana en la Casa de Nariño, lo cual es indiscutiblemente  positivo, sus respectivas posiciones acerca del “Acuerdo Final” quizás sigan estando muy alejadas entre sí, a punto tal que no parece fácil conciliarlas.

Hay unos que piensan que sería posible atraer a las Farc a la mesa de negociaciones a través de algunos retoques cosméticos al “Acuerdo Final”, acompañados a su vez de ciertas compensaciones. Otros creen, por el contrario, que se debe dejar de lado ese texto farragoso de las 297 páginas y presentar nuevas propuestas que sean razonables, pero corriendo el riesgo de que las Farc las rechacen de modo rampante.

Digamos en términos mundanos que estamos en presencia de un “mènage à trois” que integran los del SÍ, los del NO y las Farc. Pero es un conjunto demasiado inarmónico del que, sin embargo, depende la suerte futura de Colombia.

La gran dificultad radica en situarse en el terreno sólido de las realidades.

Una de ellas deja ver que el proceso de La Habana fracasó por la arrogancia de las Farc y la frivolidad de Santos, es decir, porque ambos perdieron su conexión con los hechos mondos y lirondos.

A aquellas hay que hacerles ver que la Revolución no está a la vuelta de la esquina, pues el pueblo colombiano no la quiere, sobre todo cuando tiene a la vista los nada atractivos ejemplos de Cuba y Venezuela. Y si persisten en promoverla por medio de la violencia y su afincamiento en el narcotráfico, sus perspectivas serán cada vez más oscuras. También a ellas las ha beneficiado un segundo aire, por lo menos en el escenario internacional, por su disposición a dialogar, pero si se niegan a escuchar la voz que de modo mayoritario se manifestó el domingo pasado, la actitud condescendiente que las ha favorecido podría alterarse severamente.

Pero al gobierno de Santos hay que mostrarle, por su lado, que la búsqueda de la paz no es tarea de una camarilla que pueda adelantarse con engaños, sofismas e intimidaciones, a espaldas de esa Colombia profunda que se hizo presente el dos de octubre.

En países serios, un hecho político de la magnitud del que ocurrió el domingo pasado habría producido un verdadero cataclismo. Ya el gabinete ministerial y el equipo de negociadores habrían tenido que renunciar, y quizás lo propio habría hecho el Presidente, no solo por lo que concierne a las responsabilidades políticas, sino a la gobernabilidad misma, o la gobernanza, como ahora se dice.

Pero Colombia no es un país gobernado por gente seria.

Santos y su cohorte dan a entender  que aquí no ha pasado nada y que todo podría continuar como antes. Pero, como decía Lenin, “los hechos son tozudos” y necesariamente producen efectos, Estos se irán poniendo de manifiesto de distintas maneras y tratar de ignorarlos es quizás la peor estrategia que quepa concebir.

Santos le juega al desgaste de la oposición, como si lo más grave no fuera el suyo propio con un gobierno que se aproxima a un final al que llegará con las manos vacías. Él ya cuenta con poco margen de maniobra. Quizás no tenga para las apuestas ni siquiera un par de doses, dado que la paz se ha escapado de sus manos y su situación financiera es en extremo crítica. Y ya los políticos de la Mesa de Unidad Nacional que lo han explotado inmisericordemente deben de estar pensando que no les da garantía de triunfo en las elecciones venideras, pues el voto por el No también fue contra ellos.

En síntesis, no parece haber entendido que además de sufrir ya el sol a sus espaldas, tiene el Cristo de espaldas.

Las circunstancias son difíciles para todos. Según suele decirse en momentos similares a los que vivimos, es hora de pensar con altura, con grandeza, con miras elevadas. Y para tal efecto, no sobra recordar las sapientísimas recomendaciones de la Iglesia, a cuyo tenor el camino de la paz debe recorrerse sobre todo con un bagaje moral que aquí hemos desdeñado irresponsablemente: la verdad, la justicia, la caridad y la libertad.

Santos, armado de sus trapisondas, fue ganando cada una de las sucesivas batallas en que se empeñó, pero perdió la decisiva. Y es dudoso que logre recuperarse, salvo que el proceso con las Farc se recomponga a fondo y con otros actores más diestros que los que puso a figurar en La Habana. E igual ocurre con  las Farc, que creyeron que la actitud claudicante de Santos y su equipo negociador sería compartida por los votantes.

A aquel y a estas les sucedió lo mismo que dijo Churchill acerca de Hitler, que anduvo “de victoria en victoria hasta el fracaso final”.