Quienes nos opongamos a Santos y Farc en poco tiempo no nos quedarán otros recursos que exilio, silencio o represión.

Las amables e insistentes manifestaciones de que he sido objeto de parte de muchos de mis lectores para que desista de mi propósito de abandonar los temas de política colombiana, me obligan a a volver sobre los motivos de mi decisión.

Tal como lo expuse en mi último artículo, algún escrito mío sirvió para que personas que no conozco difundieran un panfleto cuyo remate era una incitación a la lucha armada. Ello encendió mis alarmas, pues no solo se trata de un abuso que debo desautorizar de modo rotundo, sino de un asunto que entraña distintos riesgos para mi. De hecho, quedo en medio del fuego cruzado entre los promotores de la rebelión violenta contra el actual gobierno y las medidas represivas que el mismo se apresta a poner en práctica para dar cumplimiento a lo estipulado con las Farc en lo que insisto en denominar el NAF.

Hay quienes me dicen que eso puede ocurrirle a cualquiera que se esté pronunciando con sentido crítico acerca del actual estado de cosas.

Concedo que ello puede ser así, del mismo modo que a cualquiera puede acontecerle que si sale a la calle lo muerda un perro o lo atropelle un vehículo. Pero al que tales accidentes le sucedan procurará en lo sucesivo esquivar los perros que andan sueltos por la calle o fijarse bien en los vehículos que van y vienen por las vías públicas.

En suma, las alarmas que se encendieron en torno mío me invitan a ser prudente en lo sucesivo.

Ruego se me perdone que vuelva sobre dos temas que mencioné en mi artículo.

El primero, el ambiente de pugnacidad y desasosiego que reina hoy en la sociedad colombiana. La gente se siente desprotegida, ha perdido la esperanza y cree que los que escribimos denunciando lo que sucede en el país podemos ofrecerle por lo menos alivio psicológico, ignorando que en realidad las nuestras son voces que claman en el desierto. En efecto, quienes nos gobiernan en el orden nacional son ciegos y sordos. No ven los estropicios que han ocasionado y se niegan a escuchar las voces que les aconsejan mesura. Sus designios son inmodificables, así conlleven la entrega del país a una horda de salvajes que aspiran a instaurar entre nosotros un régimen totalitario y liberticida. Esto indigna a las comunidades y fácilmente puede derivar en nuevas y peores acciones violentas que las que hemos padecido a lo largo del conflicto de más de medio siglo con la subversión marxista-leninista.

El segundo tema se desprende del anterior. A medida que se vaya manifestando el rechazo popular a los procesos que se adelantan con las Farc se acentuarán las medidas represivas que ya están anunciadas en un tenebroso capítulo del NAF y que el general Naranjo, según ha dicho Iván Márquez, convino verbalmente con las Farc en poner en práctica. Es, ni más ni menos, el anuncio del Terror a que da lugar toda revolución. Tenemos a la vista los ejemplos de Cuba y de Venezuela para darnos cuenta de la dinámica de los acontecimientos que se producirán aquí dentro de poco.

Lo que dije en mis declaraciones recientes para “La Hora de la Verdad” no es fruto de la fantasía ni de un delirio paranoico, sino de la observación cabal de los hechos: Colombia ya está dentro de las fauces del régimen cubano y este no suelta de buen grado sus presas. Padecemos un régimen dictatorial, así sea de manera solapada. Puede haber Congreso, Corte Constitucional, autonomías regionales y locales, una Constitución a la que se le hacen venias, pero todo ello no deja de ser una fachada que oculta sin mayor recato la dictadura que al alimón ejercen Santos y las Farc.

Tengo claro que a quienes nos opongamos a sus pretensiones en poco tiempo no nos quedarán otros recursos que el exilio, el silencio o la represión.

Debo confesar que me siento como el guardavías que advierte sin poderlo remediar un espantoso choque de trenes. Puede poner en acción todas las alarmas, agitarse, gritar y cuanto se le ocurra, que nadie habrá de hacerle caso.

A Colombia ya solo podría salvarla la acción de la Providencia, pero bien sabemos por los mensajes de Fátima, Akita y Medjugorje que su designio es castigar a la humanidad por haberle dado la espalda. A ello me referiré más adelante, a propósito del centenario de las apariciones de la Santísima Virgen en Cova de Iría en 1917.

Jesús Vallejo Mejía

Publicado: mayo 11 de 2017