El presidente de la República puede o no convocar el plebiscito para refrendar el Acuerdo Final suscrito con las FARC-EP; al menos eso dice la norma. Sin embargo, sin conocerse el texto definitivo de la sentencia, ni sus salvamentos de voto sobre el estudio de constitucionalidad de la ley estatutaria, ya hay voces que con la ilusión de congraciarse con el gobierno y la codicia por lograr una porción de mermelada, salen a romperse los trapos, como los más grandes defensores del sí a la paz.

El director del partido Liberal, Horacio Serpa, con su vibrato apagado, sale a querer gritar que los colombianos deben decir sí a la paz y que los que dicen querer votar por él no, son los amigos de la guerra. Agita el trapo rojo como en los mejores tiempos del FILA, movimiento con el que en el magdalena medio santandereano impulsó su propuesta política junto a Arístides Andrade, en alianza con Hernán Motta de la Unión Patriótica, en su disputa territorial con la Confederación Liberal de Santander. Quiere convencernos que el plebiscito es la solución al problema del conflicto armado que padecemos en Colombia. Nos quiere imponer lecciones de paz sin reconocer que ha sido el principal agricultor de la discordia política en Santander, con especialidad en puñaladas traperas.

Poco entiende Serpa, y aunque sé que dicta catedra de derecho constitucional -en la universidad donde me gradué de abogado, con maestros de la talla de Ernesto Rey Cantor y Pedro Laffón Pienetta- se niega a interpretar que la ley estatutaria del plebiscito, no varía en nada la Constitución Política de Colombia. Solamente es una convocatoria, para que como herramienta, el presidente de la República pueda suscribir el Acuerdo Final para la terminación del conflicto con las FARC-EP y este no corra riesgo de falta de legitimidad y por otro lado, los hombres de la guerrilla, sin la aprobación popular de ese acuerdo, queden expuestos a inseguridad jurídica, civil y política.

Cualquiera que sea la postura del Sí o del No, arrojará un resultado que además de ser legitimante, definirá dos destinos políticos de ahí en adelante, que construirá las rutas ideológicas sobre antagonismos políticos democráticos, como autopistas para la participación política del presente siglo. No es más. Que no nos metan en el cuento de querer segregar la población entre los amigos de la paz y los amigos de la guerra. Ese cuento dejémoselo a Serpa y a su nuevo mejor amigo y compadre Roy, encargados o amanuenses –los dos- de la tarea estatutaria de unificar a los liberales en un sólo partido y aunque en gracia de discusión, lo están logrando.

Para fortuna de la democracia, la Corte Constitucional dejó establecido, que una vez se convoque el plebiscito, “no se puede incorporar contenidos que promuevan un partido, movimiento político o grupo significativo de ciudadanos, o que se relacionen con la promoción de candidaturas de ciudadanos” esas conductas serán sancionadas. También el órgano constitucional dijo que “Los servidores públicos pueden realizar campaña en favor o en contra de este plebiscito, puesto que la

materia del acuerdo final, no tiene naturaleza partidista, sino que es un asunto que se inserta en los derechos generales de participación, de los que también gozan los servidores públicos”.

Si gana el Sí; en virtud de la legitimidad democrática que adquiere la refrendación popular, se crea un escenario de extremos contractuales, entre el Estado y las Farc-Ep, para implementar los acuerdos. No será la paz absoluta lo que se firme, sino la oportunidad de que uno de los varios actores del conflicto, abandone su lucha armada y se incorpore a la actividad electoral, con las garantías que no gozó esa guerrilla en la apuesta electoral de la unión Patriótica desde 1984. Si gana el No, con la claridad que deja la Corte, “que el objetivo del plebiscito especial no es someter a refrendación popular el contenido y alcance del derecho a la paz, sino auscultar la voluntad del electorado sobre la decisión pública contenida en el acuerdo final, esto es, un documento específico de índole política, que puede ser comprendido como una política pública en sentido amplio” será la negación a este propósito, pero no el determinador del camino de una guerra.

Las causas que dieron origen al conflicto no se superarán con el Sí o el No del resultado del plebiscito. Ese mecanismo de participación servirá para refrendar o no el desarme de las FARC-EP. Allá, en el monte, en las universidades y en la política activa, quedan las causas del ELN que indican que la paz estable y duradera es lejana y esquiva; y que por culpa de la polarización en que nos quiere meter el gobierno para llevarnos, en la coyuntura, al unirismo liberal, no quedará bien hecha y como la Hidra de Lerna, sanara mal y habrá rebrote.

@AlirioMoreno