El proceso con el ELN debe ser lo más rápido posible en razón al escaso tiempo que le queda a Santos.

El 18 de octubre de 1973 culmino la operación militar calificada como exitosa a cargo de tropas de la Infantería de Marina y bajo la coordinación de la V Brigada, que puso al gobierno del presidente Misael Pastrana Borrero a manifestar que el Ejercito de Liberación Nacional –ELN- había sido aniquilado tras la muerte de sus máximos cabecillas los hermanos Antonio y Manuel y la huida hacia Cuba del tercero, Fabio Vázquez Castaño jefes militares de la organización subversiva que había nacido en la amalgama de algunos maestros, estudiantes universitarios y un sector de la iglesia cristiana progresista que promulgaba las teorías de la “teología de la liberación” que tiende a interpretar “la opción preferencial de los pobres” como la posibilidad de lograr la autonomía y la libertad plena a partir del pueblo oprimido que es la mayoría, el cual debe asumir su propia liberación.

Cuarenta y tres años después, ni lo uno, ni lo otro. El Ejercito de Liberación Nacional –ELN- no fue aniquilado; el Estado no ha podido derrotarlo militarmente y esta guerrilla aunque políticamente mantiene distancia con la estructuras de poder nacional, tiene participación en los micro poderes regionales en donde mantiene presencia armada y control territorial. Tampoco el ELN ha logrado su objetivo a partir de sus teorías políticas: Alcanzar que el pueblo excluido obtenga por su propia voluntad política su nivel máximo de liberación.

Ahora que el ELN inicia su fase de negociación pública con el gobierno del Presidente Juan Manuel Santos, se escucha decir a sus voceros que no aspiran a negociar nada para ellos y que sus pretensiones se dirigen a que la elite permita la amplia y protagónica participación de las mayorías excluidas, proponiendo unos cambios básicos y el desmonte de privilegios de las clases dominantes para avanzar en un proceso de democratización. Sin embargo llama la atención que continúan manteniendo una posición de reconocimiento a una elite excluyente a la cual le piden “ceder en algo” en sus privilegios, lo que pone a pensar que no plantean un cambio brusco en el modelo económico, sino la oportunidad de abandonar el uso de la violencia para hacer política, con la desmovilización armada de la guerrilla y la eliminación del paramilitarismo y sus prácticas de fomento por parte del Estado.

Los colombianos debemos comenzar por creer en la voluntad de paz de esta guerrilla. Indudablemente creo que leyeron la realidad nacional del resultado del plebiscito que refleja una polarización profunda, pero un gran consenso en la necesidad de buscar la paz para todos. El ELN parte de reconocer la existencia de intereses económicos y políticos que determinan la adversidad, con un origen en la exclusión.

Para algunos analistas el proceso de paz con el ELN debe ser lo más rápido posible en razón al escaso tiempo de mandato que le queda al presidente Santos. Pero Pablo Beltrán el comandante de esa guerrilla ya manifestó su desacuerdo con un proceso de paz “exprés” por sus límites estrechos. Todos los colombianos debemos ser conscientes que la búsqueda de la paz, dejo de ser el incentivo para la pretensión del Premio Nobel de Paz bien logrado por el presidente Santos por sus esfuerzos. Pero la búsqueda de la paz debe pasar a ser política de Estado, debe transformarse en política pública para que ningún gobierno venidero, retroceda en lo andado. Esa política pública

debe adoptar ya, de forma inmediata lo fundamental del acuerdo logrado con las FARC-EP, es decir en lo que no hay desacuerdo, e incorporar progresivamente lo que se negocie con el ELN, para que la paz deje de ser un sueño, y la guerra deje de ser negocio. Para que la paz se convierta en el nuevo escenario de oportunidades sociales, económicas y políticas. Ojala abandonemos pronto el escenario del pos-plebiscito y abordemos el del pos-conflicto.

@AlirioMoreno