Después de un 2017 muy difícil en el ámbito personal, pues a mi esposo le dio un grave infarto al que milagrosamente sobrevivió, decidimos venir a pasar el fin de año a Nueva York para despejarnos, recargar energías y hacer  un paseo que nunca habíamos disfrutado juntos. Desde acá, a menos 9 grados centígrados,  escribo estas palabras producto de una reflexión que hice en el Memorial del 9/11.

Como todos saben, hace 16 años la ciudad de Nueva York fue atacada por los terroristas de al-Quaeda. Esos salvajes secuestraron aviones comerciales con los que atravesaron con lamentable precisión las Torres Gemelas del World Trade Center. Como muchas otras personas, vi en vivo y en directo por televisión el momento preciso en el que entró el segundo avión. El shock fue grande, sobretodo porque los que estábamos viendo el primer avión pensábamos que se trataba de un accidente aéreo. Recuerdo como si fuera ayer la sensación de incredulidad  cuando ambas torres se desplomaron minutos después. En un santiamén se perdieron 2.749 vidas por causa del terrorismo demencial.

La primera reacción de la sociedad estadounidense fue de una profunda tristeza, que  rápidamente fue reemplazada por furia. Lo sé porque viajé a Nueva York dos meses después de los ataques. I won’t back down de Tom Petty,  con su letra de llamado a resistir y retar al terrorismo, se convirtió en un himno para los estadounidenses.  La expresión Never Forget (nunca olvidar, olvido, olvide, olvidemos) se terminó convirtiendo en un movimiento que aún hoy, más de una década después, urge al no olvido.

En el lugar de los ataques no reconstruyeron los edificios. En su lugar hoy hay  espejos de agua con una cascada en el centro rodeados de  pequeños muros donde están grabados  los nombres de las personas fallecidas. Las personas que visitan el sitio  lo hacen en silencio,  evocando el respeto que inspira  un sitio que fue escenario de tan lamentables hechos. Los padres llevan a sus hijos y les explican lo sucedido, no para que crezcan asustados o resentidos, sino para que crezcan informados y orgullosos de su legado.

El gobierno de Juan Manuel Santos nos insta a hacer exactamente lo contrario porque olvidar y dejar enterrado en el pasado los horrores perpetuados por las Farc es lo único que permitiría que las nuevas generaciones acepten sin cuestionamientos que los mismos que asesinaron a 80 veces más personas que las asesinadas por al-Quaeda gobiernen y legislen en nuestro país.

Por últimas el cada vez más descachado Santos resolvió diagnosticar a la sociedad colombiana de una enfermedad mental porque, según él, somos incapaces de apreciar las buenas noticias y porque nos gusta vivir en guerra. Como siempre, el señor Santos recurre al absurdo para torcerle el brazo al pueblo colombiano y que acepte lo inaceptable: que los terroristas rijan el futuro de nuestro país.

En mi opinión Colombia tiene un tumor canceroso que se llama Juan Manuel Santos. Ese tumor será erradicado en el 2018 sin embargo la metástasis que hizo representada en la corrupción, el rompimiento institucional, la impunidad, el debilitamiento económico, el crecimiento del consumo interno de drogas etcétera, será más difícil de superar.

Procuremos que la amnesia, la enfermedad mental que Santos nos desea, no se haga presente los días de las elecciones del congreso y de la presidencia. Recordemos quienes fueron los que promovieron las sinvergüenzuras de este gobierno para no reelegirlos en el congreso y quiénes promovieron el rompimiento democrático con el desconocimiento del No para no elegirlos en la presidencia. Colombia, no olvides.

PD: como no debemos olvidar quiero hacerle un homenaje a los patrulleros Jason Rueda y Abel Rojano, dos ángeles que me ayudaron a salvarle la vida a Andres el día de su infarto.
Publicado: diciembre 29 de 2017