El Credo de Nicea no pasa de ser un mito. Pero es la piedra angular de la fe de los cristianos.

Según se afirma en sendos escritos que publicó “El Colombiano” en esta semana, esto que proclama el Credo de Nicea no pasa de ser un mito, una superstición. Pero es la piedra angular de la fe de la inmensa mayoría de quienes nos consideramos cristianos.

Nuestra fe no se basa en hechos legendarios cuyo origen se pierde en la noche de los tiempos, sino en un acontecimiento histórico que, desde luego, es susceptible de discutirse, pero cuenta con el respaldo de lo que en la jerga del Derecho probatorio se dice que ofrece “serios motivos de credibilidad”.

Lo que relatan los Evangelios canónicos es rico en detalles de tiempo, modo y lugar. Ahí no se habla de algo que se fue incubando en la memoria de las primitivas comunidades cristianas, primero como una suposición y después como ingrediente de una tradición consoladora, sino de un hecho que impactó decisivamente a los discípulos de Nuestro Señor Jesucristo, a punto tal que se dieron a la tarea de anunciar por doquiera que iban la buena nueva del advenimiento del Reino de Dios. Y, según las tradiciones más autorizadas, todos ellos, con la excepción de San Juan, corroboraron su testimonio sometiéndose al martirio.

¿De dónde extrajeron su perseverancia hasta lo último, sino del hecho de haber sido testigos presenciales de la resurrección? No fue que hubieran robado el cuerpo del Crucificado, ni se hubieran puesto de acuerdo para urdir una patraña en la que se jugaban la vida misma. Ocurrió que quien estuvo sometido al suplicio más infamante que a la sazón se conocía se les manifestó en forma corporal, no como un fantasma, sino como un ser vivo, aunque dotado de características sobrenaturales.

Como los escépticos ponen en duda la autenticidad de los relatos evangélicos, ahí están para corroborarlos las Epístolas de San Pablo y los Hechos de los Apóstoles, así como la tradición de la Iglesia, tanto la católica como la ortodoxa y la copta, y la Sábana Santa de Turín. No menciono las iglesias protestantes, porque ellas proceden del siglo XVI en adelante y, así aleguen que quieren restaurar el espíritu original de del cristianismo, les falta esa fuerza vital que confiere una tradición vieja de siglos.

Tengo para mí que el testimonio de San Pablo es decisivo. En 1Cor 15,14 lo afirma de modo tajante:”Si Cristo no hubiera resucitado, vana sería nuestra fe”.

San Pablo experimentó la aparición del Resucitado. Lo que le ocurrió no fue una alucinación, como lo escriben por ahí algunos que pretenden demeritar su testimonio, sino una presencia real, similar a la que se ha manifestado en múltiples apariciones marianas. A Bernadette y los pastorcitos de Fátima pretendieron intimidarlos para que negaran haber visto a Nuestra Señora y aceptaran que lo que decían eran imposturas inventadas por unos sacerdotes embaucadores. Se mantuvieron firmes en lo dicho, y ahí están Lourdes y Fátima como evidencias palpables de la acción celestial sobre las realidades mundanales. La misma intimidación sufrieron los videntes de Medjugorje, a quienes se sometió a intensos exámenes psiquiátricos y neurológicos que dieron como resultado que no solo estaban sanos de mente, sino que efectivamente veían y oían algo que no estaba al alcance de quienes los rodeaban.

Hay mucha documentación sobre estos temas. Es de fácil acceso a través de Youtube lo que ha investigado el Dr. Ricardo Castañón Ph. D., quien superó su ateísmo al acercarse al estudio de numerosos fenómenos místicos. Si alguien tiene oportunidad de conseguirlo, le recomiendo el libro de Jean Guitton y Jean-Jacques Antier que lleva por título “Les Pouvoirs Mistérieux de la Foi” (Perrin, Paris, 1993). Dudo que después de leerlo se atreva a decir que todo lo que se afirma en la esfera religiosa es mitología y superstición.

Lo que le aconteció cuando iba camino de Damasco a perseguir a los cristianos cambió radicalmente la vida de San Pablo. Pero no fue de buenas a primeras como se convirtió no solo en el Apóstol de los Gentiles y, según ciertos autores, en quien dio impulso decisivo al cristianismo tal como lo conocemos y lo profesamos. Su tránsito hacia la fe cristiana fue fruto de una lenta y progresiva maduración, animada desde luego por dicha aparición. Pero esta no fue la única, pues él mismo habla de otras apariciones y del Evangelio que le transmitió el propio Nuestro Señor Jesucristo, así como de la experiencia que tuvo cuando fue arrebatado a lo que llamó el tercer cielo.

A los críticos de las narraciones evangélicas hay que preguntarles si también las Epístolas de San Pablo y los Hechos de los Apóstoles, que afirman la fe temprana en el hecho rotundo de la resurrección, relatan acontecimientos simbólicos o figurados que no sucedieron realmente, sino que se inventaron para consolar a los afligidos seguidores del Crucificado o difundir un nuevo credo llamado a competir con la religiosidad popular imperante en una sociedad esclavista.

La Sábana Santa de Turín y la imagen de Nuestra Señora de Guadalupe constituyen, según afirma Paul Badde, quien las ha estudiado en detalle, los dos testimonios físicos más contundentes de la presencia de lo sobrenatural entre nosotros. Tengo a la mano uno de sus libros, “Maria of Guadalupe, Shaper of History, Shaper of Hearts” (Ignatius Press, San Francisco, 2008); el otro quizá se fue con la biblioteca que tuve que liquidar a raíz de las vicisutudes a que la Providencia me ha sometido para probarme en estos últimos años.

Habría que añadir los milagros eucarísticos que ha investigado con rigor el Dr. Castañón y los sorprendentes fenómenos de efusiones de sangre, lágrimas, aceites perfumados o mirellas que brotan de imágenes de Nuestro Señor Jesucristo o de la Santísima Virgen María, de algunos de los cuales yo he sido testigo presencial.

Para debilitar la evidencia que ofrece la Sábana Santa de Turín andan diciendo por ahí que su origen es medieval, que la imagen que está impresa en ella la pudo haber pintado un genio de la tecnología como fue Leonardo y otras hipótesis a cual más aventurada. Pero los hechos son tozudos y la pieza exhibe detalles asombrosos que coinciden con la idea de que envolvió el cuerpo de alguien que fue crucificado hace cerca de 2.000 años en Palestina y dejó misteriosamente grabada su figura en ella.

A través de Amazon puede conseguirse el libro de Lee Strobel que titula “El Caso de Cristo: Una investigación exhaustiva“.

Resulta que Strobel abordó el tema con el ánimo de demostrar la superchería de las creencias cristianas. Lo hizo como periodista investigador y tuvo que rendirse, como el Dr. Castañón, ante la evidencia: los documentos históricos acreditan razonablemente que Nuestro Señor Jesucristo padeció bajo el poder de Poncio Pilato; fue crucificado, muerto y sepultado …y “al tercer día resucitó de entre los muertos”.

Jesús Vallejo Mejía

Publicado: abril 20 de 2017