Corría el ya lejano año diez, 2010. Fue en septiembre u octubre, no recuerdo, cuando conocí al pajarito y aprendí a emitir y a escuchar trinos. 

No rondaba aún a Twitter, aquella naciente red social, ninguna banda liberticida. Al contrario, encarnaba la apoteosis de la idea y ansia infinita de los hombres por la libertad. Libertad de pensar y libertad de expresar ese pensamiento sin barrera distinta a la condensación del texto en ciento veinte caracteres.  

Fue la verdadera revolución libertaria. Un don Pedro Pérez cualquiera, sin intriga, palanca ni costo ningunos, podía emitir su comentario, dar su noticia, reflexionar, denunciar, protestar, alabar y -clic de por medio- publicar urbi et orbi. 

Twitter era para la democracia del siglo XXI lo que fue el ágora para la antigua Grecia, la estatua del Pasquín en la Roma renacentista o el Hayde Park para los ingleses del siglo XIX. Twitter hacía pensar que los redactores de la Primera Enmienda de Estados Unidos habían regresado para insuflar su texto libertario en una electrónica apolítica.

Sí. Doña Vicky Dávila recogió bien y dijo públicamente lo que muchos otros dicen en privado y otros muchos piensan y no lo dicen porque no les da la gana decirlo: que hay muchos abusadores de la libertad electrónica y que por la vía de ese abuso pretenden conducir a Colombia al infierno de tiranía y oscuridad que ya viven o vivieron otros.

Cualquier arma puede volverse contra sus creadores si cae en las manos equivocadas. ¿No fue la libertad del debate en el ágora la que utilizaron Anito y Antemión para llevar a Sócrates a su enjuiciamiento y muerte? ¿No convirtió Robespierre la Convención en un taller de carnicería liberticida? ¿Lenin y Trotsky no convirtieron el triunfo de los liberales y los mencheviques en el cadalso de la libertad en Rusia?  

¡Sí! Como dice Vicky, diez años después, ¡qué inundación de sicarios morales hay en las redes y en la red Twitter en particular! Inundación muy bien descrita en su columna “La banda del pajarito” que publicó esta semana en Semana. No se las sintetizo. Para qué si ustedes pueden leerla en Twitter, que con sus innovaciones ya no es un simple servicio de microblogging sino una especie de agencia de prensa universal. Universal en dos sentidos: tiene cubrimiento orbital y cualquiera, sin importar edad, sexo, religión, color, idioma, ideología y mil etcéteras, es su potencial corresponsal.

El artículo de Vicky Dávila es una campanada de alerta sobre el desarrollo de una batalla mercenario, sorda, clandestina y cruel. Es la alerta sobre “pesados sicarios” morales que reciben instrucciones precisas; es la alerta sobre misiones planificadas desde países muy conocidos y visitados por jefes y reclutas; es la alerta sobre financiadores con bolsas sin fondo, que recorren el mundo en aviones privados para hacer negocios que le den liquidez al gobierno que detentan en un país vecino y les permita financiar al grupo que está por dar el zarpazo en este país, Colombia.

Yo creo con Vicky Dávila que hay mucho imbécil engrandeciéndolos. Hay mucho aplauso desde una galería que se niega a mirar el desastre venezolano y cubano como una peste que puede asentarse en Colombia y tener la misma letalidad.  ¡Claro que sí! Que esos sujetos pueden pasar de ser “sicarios virtuales a engendros de siete cabezas sin control”. Un tipo con la misma solvencia intelectual y moral del candidato colombiano que alimentó sus guarismos electorales con ‘hooligans’ tuiteros, está hoy en la vicepresidencia de España. Nada menos. 

Oído eso, ¿alguien duda de que en las elecciones colombianas del 22 se nos va todo, hasta la vida? 

@JOSEOBDULIO

Publicado: junio 23 de 2020