El aborto es una discusión más que fuerte. Genera pasiones y odios y, generalmente, es difícil lograr un punto medio, dado que lo que está de por medio son los principios y las convicciones personales de cada individuo.

Sin embargo, más allá de la discusión social sobre sus impactos y los debates jurídicos acerca de la procedencia y el desarrollo de las tres causales que despenalizó la Corte Constitucional desde el 2006, hay un tema que nunca se aborda, pero que tiene la misma trascendencia e impacto que los anteriores: la posición del padre.

Como tal, históricamente el tema del aborto se ha tratado como una problemática de las mujeres, lo cual, lógicamente, no es descabellado, dado que por una cuestión biológica quien asume el impacto fisiológico del embarazo es la mujer y no el hombre, con todo lo que ello significa tanto en el proceso de gestación como de nacimiento del hijo.

No obstante, no deja de ser menos cierto que la materialización de un embarazo exige la participación por igual de hombre y mujer y, además, cuando nace el bebé las responsabilidades frente a la crianza y el cuidado del menor son completamente compartidas.

Siendo esto así, ¿por qué nunca se tiene en cuenta la opinión del papá cuando se discute el aborto? ¿Qué sucede, por ejemplo, cuando la mujer quiere abortar y el hombre no?

Este supuesto no está regulado en la ley y tampoco ha sido abordado por la Corte Constitucional, pero, sin lugar a dudas, no es un aspecto menor. En la práctica, el hombre solo cuenta con dos herramientas institucionales para hacer valer su posición y evitar que la mujer aborte: la tutela y la Fiscalía, las cuales, siendo realistas, no logran mayor cosa.

Por un lado, el trámite de una tutela, aunque es considerablemente más expedito que un proceso judicial ordinario, por rápido que sea exige en promedio cerca de 1 mes para que haya una decisión de fondo, tiempo más que suficiente para que la mujer lleve a cabo el aborto.

Por otro lado, la acción de la Fiscalía poco o nada logra. La tentativa de aborto no es un delito y aunque se puede lograr cierto tipo de presión psicológica con esta institución, a la hora de la verdad el proceso penal solo se activa cuando se concreta esa práctica.

Por eso, es más que necesario que el Congreso o la Corte, dependiendo el caso, protejan la posición del padre en el caso del aborto y lo incluyan, de manera vinculante, en la discusión. El caso aberrante y totalmente desgarrador del papá que, desafortunadamente sin éxito, hizo hasta lo imposible para evitar que su novia abortara al séptimo mes es la muestra fehaciente de una situación donde la posición de los hombres termina siendo nula.

Si para tener un bebé se necesitan dos, para abordar la discusión del aborto también se deberían tener en cuenta, por igual, a los dos. Ojalá que las autoridades competentes se concienticen de esta situación y dejen de analizar el tema como una cuestión que afecta de manera exclusiva a una de las dos partes involucradas.

Dicho esto, seamos claros en algo. La vida debe ser protegida. Esto no es en lo absoluto una causa machista, sino un propósito loable en pro de los más indefensos.

Si nos van a insultar, que nos insulten. Si nos van a gritar, que nos griten. Pero no podemos permitir que se vuelva normal acabar con la vida de los bebés en tan largo periodo de gestación sin que absolutamente nada suceda.

El Estado está en la obligación de proteger la vida y nosotros, como sociedad, debemos expresar libremente nuestra posición.

SÍ a la vida.

@Tatacabello

Publicado: febrero 14 de 2020