La monumental encuesta publicada por la revista ‘Semana’ en la que el socialcomunista Gustavo Petro aparece muy por encima de los demás aspirantes presidenciales, debe ser leída con cuidado y mucha atención por quienes aspiran a la presidencia de la República.

Lo primero, entender que todos los candidatos del centro-derecha son, con el debido respeto, enanos políticos. Ninguno tiene peso específico ni capacidad real de enfrentar por si mismo a la amenaza del petromadurismo.

La que mejores resultados obtiene es la vicepresidenta Marta Lucía Ramírez quien, a pesar la gran exposición mediática, no llega ni al 10% de intención de voto, lo que indicaría que su situación política es muy comparable con la de Germán Vargas Lleras hace 4 años, cuando renunció a la vicepresidencia para aspirar a la primera magistratura y fue implacablemente triturado en las urnas. El país le pasó la cuenta de cobro por su maridaje con Santos, con la corrupción y con la politiquería.

La vicepresidenta Ramírez tiene una importante hoja de vida. Ha sido ministra, embajadora, senadora, candidata presidencial, empresaria. En fin. Pero desafortunadamente -y eso es insoslayable- es una política sin carisma y que despierta más antipatías que afectos. Su temperamento difícil hace que muchos sectores la vean con desconfianza, empezando por el propio gobierno. Lo cierto es que la alianza Duque-Ramírez fue un acuerdo político por conveniencia en ambas partes, donde las diferencias son mucho más grandes que las coincidencias.

El resto de precandidatos que eventualmente harían parte de la coalición oscilan entre el 0 y el 2%. En otras palabras, se mueven felizmente dentro del terreno del margen de error.

Ahora bien: es natural que Petro refleje una ventaja ostensible frente a sus rivales. Primero, porque la campaña aún no ha comenzado y, a 14 meses de la primera vuelta, no se mide intención de voto, sino reconocimiento y favorabilidad.  Y, segundo, porque no tiene rivales dentro de su tendencia ideológica, mientras que en el otro lado del espectro las favorabilidades se dividen entre 9 y hasta 11 precandidatos.

Pero otro sería el escenario si el pulso fuera entre 3: Petro en la extrema izquierda, Fajardo en el centro-izquierda santista y en el centro derecha un candidato de coalición. Ahí, las cargas estarían perfectamente equilibradas y habría, sin lugar a dudas, posibilidades reales de dar el pulso para evitar que el socialcomunismo antidemocrático se apodere de Colombia.

Unidad es el nombre del juego. Los precandidatos deben ser conscientes de que no existen, de que no tienen posibilidades reales de ganar si no convergen en una candidatura única.

Así mismo, el gobierno tiene una inmensa responsabilidad por delante. Al fin y al cabo, quien aspire por la coalición será, de algún modo, visto como el candidato del establecimiento y de la continuidad gobiernista.

A Duque no le ha tocado fácil. El país que le correspondió gobernar es muy distinto del que él y muchos se imaginaron. Nadie estaba remotamente preparado para hacerle frente a la monumental crisis desatada por el coronavirus. Pero al margen de esa circunstancia, en estos 18 meses que le quedan a su gobierno es perentorio que haya ejecutorias que permitan ser reivindicadas en la campaña política.

Sin resultados reales, ni avances en materia social y en la seguridad ciudadana, será perfectamente imposible que el centro-derecha tenga opción de pasar a la segunda vuelta, con lo que Colombia estaría enfrentándose a una situación dramática, de tener que elegir entre el socialcomunista Petro y el heredero del santismo corrupto, Fajardo. Ahí, habría que desempolvar la lapidaria sentencia del maestro Mario Vargas Llosa con ocasión de las elecciones del Perú en las que Oyanta Humala se enfrentó a Keiko Fujimori. El maestro, se limitó a decir que su país tendría que elegir entre el cáncer y el sida.

@IrreverentesCol

Publicado: marzo 29 de 2021