La sociedad está exasperada con lo que sucede en nuestro país. Colombia es un bote en medio del embravecido océano, a la deriva, sin rumbo y a punto de colapsar.

Nuestros más caros valores han sido mancillados por un gobierno insensible e incompetente. Desde su llegada al poder, Juan Manuel Santos ha dado sobradas muestras de ser un incapaz.

La economía padece una de las peores crisis por cuenta de la irresponsabilidad en el manejo de las finanzas públicas, sumado a los desincentivos a la inversión. Desde 2010, los capitales se han ido, huyendo de la inestabilidad y la falta de reglas claras.

La democracia, pisoteada y humillada. Santos se burló en la cara del pueblo. Ese mismo que le dijo NO a los acuerdos sometidos a plebiscito el pasado 2 de octubre. Él, obrando como un tirano de menor cuantía, rompió en mil pedazos el veredicto popular. Valiéndose del Nobel de Paz que le regalaron en Noruega, resolvió pasar por encima de la decisión mayoritaria.

Recuerdo nítidamente que cuando se descubrió que Santos estaba negociando con las Farc, él le aseguró al país que el proceso de paz estaría al margen y que el trascurso del gobierno seguiría inmodificablemente. En palabras de Santos, su negociación con Timochenko no afectaría el buen rumbo de Colombia.

Y es que en efecto, en 2012, cuando se empezó a tranzar con el terrorismo la suerte de Colombia, nuestro país aún iba por buen camino; seguíamos gozando del legado heredado por el gobierno del presidente Uribe.

Pero todo se fue al traste. La industria petrolera se derrumbó. La corrupción dejó saqueadas a las arcas. Centenares de pequeñas y medianas empresas han cerrado sus puertas, generando desempleo y pobreza.

El índice de impopularidad de Santos no es gratuito. El se ha encargado de granjearse el desprecio popular. Los ciudadanos resentimos que nos haya arrebatado el país que teníamos, para convertir a Colombia en una nación fracturada y entregada.

Su proceso de paz fue, en la práctica, una renunciación de nuestros valores republicanos. Lo que se negoció en La Habana fue la construcción del país que quieren las Farc, el cual dista muchísimo del que queremos la mayoría ciudadana.

Las ramas del poder quedaron totalmente sometidas al capricho de Timochenko y sus secuaces. La justicia, que tenía suficientes problemas, será prácticamente desmantelada cuando empiece a operar la jurisdicción especial para la paz, que será una instancia en la que los enemigos de las Farc resultarán castigados, mientras que los victimarios, los verdugos del pueblo serán generosamente absueltos o, en el peor de los casos, reprendidos con sanciones irrisorias.

Gracias a Juan Manuel Santos, Colombia es el hazmerreír de la región. Venezuela, de forma abusiva, se abrogó el derecho de establecer en nuestro territorio un campamento militar. Durante casi una semana, nuestra soberanía fue violentada, mientras el presidente, cobardemente escondido en su palacio de Bogotá, trémulo observaba cómo su amigo Maduro se burlaba de él desde el otro lado de la frontera.

Abundan entonces las razones para salir el próximo sábado 1 de abril a marchar. Será una bella ocasión para decirle a Santos que no vamos a guardar silencio por los daños que le ha hecho a nuestro país.

Que el presidente no crea que vamos a pasar de largo frente al vulgar concierto criminal que su gobierno tuvo con la empresa Odebrecht. Se equivoca si piensa que el pueblo no va a expresar su inconformismo por la corrupción rampante que carcome las bases nacionales.

A Santos aun le quedan 16 meses de mandato y nos encargaremos de recordarle a cada minuto que el suyo es el peor gobierno de la historia y que, temprano o tarde, tendrá que responder por sus errores y, por supuesto, por los delitos que ha cometido.

El 1 de abril, todos a la calle. No será ni la primera ni la última manifestación ciudadana en contra de Juan Manuel Santos y sus cómplices.

@MargaritaRepo

Publicado: marzo 25 de 2017