Hay algo que no cuadra en la historia del asesinato del presidente de Haití, supuestamente a manos de un escuadrón de mercenarios colombianos, casi todos ellos militares colombianos en uso de buen retiro.

Sea lo primero rechazar la ligereza con la que algunos funcionarios del gobierno colombiano se apresuraron a emitir prejuzgamiento en contra de las personas que han sido señaladas de cometer el magnicidio. El ministro de Defensa, que es un funcionario decente y respetuoso de las leyes de la República, debe ser el primero en hacer valer el precepto constitucional de la presunción de inocencia. El doctor Molano se equivocó de manera grave al convalidar la hipótesis -no demostrada y con muchas falencias- de que los exmilitares colombianos fueron los autores materiales del crimen.

Haití es un Estado fallido desde el mismo instante de su independencia en 1804, cuando la población de esa isla resolvió expulsar a los colonos franceses.

La historia reciente de ese país, es la muestra de su desbarajuste institucional y de la carencia de instituciones medianamente sólidas.

Después de muchas cancelaciones y aplazamientos, en noviembre de 2016 tuvieron lugar las elecciones presidenciales. Hubo 27 candidatos, pero el 55% de los electores dieron su respaldo al asesinado Jovenel Moïse quien fue avalado por el partido de centro-derecha Tète Kale, que traducido del creole al español, significa “cabeza calva” (¡!).

Haití ha tenido 20 presidentes en los últimos 35 años, luego de la caída de la brutal satrapía de los Duvalier quienes -padre e hijo- usurparon el poder durante poco menos de 30 años. Según la organización Transparencia Internacional, esa nación ocupa el lugar 168 de 180 en el índice de corrupción, superado por Congo y Guinea Bissau, entre otros.

De lejos, Haití es el país más pobre del continente americano. El 25% de su población vive en la pobreza extrema. El grueso de los ingresos de ese Estado proviene de la cooperación internacional; buena parte de ese dinero termina en los bolsillos de la clase política.

Retornando al asesinato de Moïse, es evidente que detrás de ese crimen están sus malquerientes políticos. Respecto de los mal llamados “mercenarios” colombianos, corresponde mirar con ponderación y serenidad la situación de esas personas. Hay que empezar por dilucidar quién los contrato y desde cuándo se encontraban en la miserable isla. Existen argumentos sólidos que indican que esas personas fueron contratadas, precisamente, para proteger al amenazado Moïse.

Los enemigos de las Fuerzas Militares colombianas, como el senador de las Farc Iván Cepeda alias ‘Don Iván’, se apresuraron a sindicar al ejército colombiano, sin evidencia ninguna, llegando al extremo ridículo de anunciar un debate en contra del ministro Molano. Si por algo debe responder el ministro de la Defensa, es por su imprudencia al haber condenado -sin evidencias incontrovertibles- a los implicados.

La historia es inverosímil. No es muy lógico que unos mercenarios asesinen a una persona y, en vez de huir de la escena, se queden allí y que, además, ayuden a salvar la vida de las personas que se encontraban junto a su objetivo, como fue el caso de la esposa del presidente ultimado.

Ahora bien: es menester lograr claridad en todos los aspectos. Mientras ello sucede, el gobierno, a través de su cancillería, tiene el deber de garantizar la vida e integridad de los individuos que están en manos de las corruptas fuerzas del orden haitianas.

Es menester hacer lo que sea posible para lograr que esas personas no sean ni torturadas ni asesinadas. Las primeras imágenes, donde algunos miembros del grupo aparecen golpeados y ensangrentados, permiten prever el tratamiento que están recibiendo en el lugar donde se encuentran recluidos.

Igualmente, debe exigirse una investigación independiente para saber realmente qué fue lo que pasó y que se revisen detalladamente las evidencias que hasta ahora han aparecido, como son las imágenes de las cámaras de seguridad y los testimonios de los supervivientes, porque haciendo un ejercicio de sana crítica no es muy creíble que un grupo mercenario pueda ingresar sin mayores dificultades a la casa de habitación de un presidente, sin que la guardia reaccione y sin que se activen todas las alarmas. Moïse fue asesinado mientras dormía. Ninguna alerta hubo antes de que los asesinos ingresaran a su habitación.

Hay muchos elementos que permiten decir con toda claridad que aún falta por conocer un pedazo muy grande de la historia de a Haití.

@IrreverentesCol

Publicado: julio 12 de 2021